Ted Bundy, el asesino sexual por excelencia

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Theodore Robert Bundy (Ted Bundy) nació en noviembre de 1946 en Burlington, Vermont como hijo ilegítimo de una joven secretaria, Loise Cowell, en un hogar para madres solteras de Filadelfia. El niño estuvo solo durante varias semanas antes de que su madre lo llevara a casa de sus padres. Este aspecto pudo tener una gran importancia para la posterior psicopatía de Bundy, ya que hay estudios importantes que indican que la falta del vínculo temprano entre el bebé y su madre puede causar daños emocionales muy difíciles de revertir. Su abuelo era un hombre despótico que solía golpear a su madre, si bien parece que trató bien al niño. Para sus vecinos se trataba de “un niño adoptado” por su abuelo. La madre de Bundy se lo llevó a Tacoma, en el estado de Washington, cuando cumplió cuatro años. Allí adquirió un padre adoptivo, al que nunca se sintió especialmente unido, porque lo consideraba inculto y basto.

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En la escuela, Bundy se perdía en fantasías, soñando que era adoptado por personajes populares de la televisión. Pero su juventud no presentaba mayores hechos sobresalientes. Era un buen estudiante, aunque sin sobresalir excesivamente. Sin embargo, cuando se desarrolló su personalidad del todo, en el decenio final de los 20 años, no había dejado de practicar la mentira y los robos pequeños en tiendas y supermercados, junto con el voyeurismo que paso a relatar: A los 10 años de edad, Bundy empezó con un hábito que con el tiempo le traería muchos problemas; caminar por las calles de Seattle, cuando anochecía, para intentar ver a mujeres en sus dormitorios. Ese hábito fue creciendo en intensidad, y exigía experiencias más fuertes. Con el tiempo hizo intentos chapuceros de estropear los coches de las chicas que iban a la universidad, para tener una oportunidad de jugar con el peligro de estar con ellas a solas.

Bundy se hizo un esquiador excelente (aunque todo su equipo lo robaba cuando necesitaba algo), y experimentaba de modo continuo la necesidad de ser alguien importante. No obstante, no estaba en su naturaleza hacer el esfuerzo que se requería para sobresalir en los estudios. Un cierto sentimiento de que los demás le ponían las cosas difíciles le llevaba a una postura de indulgencia consigo mismo.

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Al comienzo de su adolescencia y durante toda ella hasta entrado los 20 años, Bundy era introvertido y tímido. Hasta esos años no perdió la virginidad, y fue gracias a que una anfitriona de una fiesta le hizo el amor cuando él estaba borracho.

Fotografía de Ted Bundy.
Fotografía de Ted Bundy.

Un hecho para comprender a Bundy es su extremo deseo de sexo unido con la necesidad de dominar, de poder sobre los demás. Desde una edad temprana en  su juventud se dedica al voyeurismo (comentado anteriormente), y tiene intensas fantasías necrofílicas en sus primeros años de adulto, todo ello con un consumo muy intenso de pornografía violenta. La novia que estuvo más tiempo con él -una joven divorciada, Meg Anders- explicaba que Bundy muchas veces la ataba durante el acto sexual, y más tarde él admitiría cómo se complacía en estrangular a las víctimas mientras las violaba. También se complacía en obturar las vaginas de las mujeres con piedras y ramas, y al menos se tiene constancia de que sodomizó a una de ellas con un bote de laca.

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Quizá la relación que más le marcó fue la que tuvo con Stephanie Brooks, unos años antes de que iniciara su cadena de crímenes. Ella era guapa, culta e hija de una buena familia. Para impresionarla, Bundy fue a Standord y se matriculó en lengua y cultura chinas. Sin embargo, allí no pudo progresar gran cosa y lo dejó. Poco después Stephanie lo abandonó, y esto le dejó muy resentido, pronto volvió a robar y a meterse en situaciones de mucho riesgo, como cuando entró en pleno día en el jardín de un ciudadano, y se llevó una planta enorme que colocó encima de la baca de su escarabajo.

Esa ruptura marca el inicio de su descenso en el crimen y la vida sin un horizonte claro. Bundy era inteligente (un coeficiente de 124, medio-alto), pero no parecía que se esforzara realmente por nada. Esto se observa claramente cuando se comprueban los diferentes empleos por lo que pasó, en los cuales podría haber tenido un futuro brillante si su cabeza no hubiera estado llena de deseos de violencia y sexo. Así, estuvo un tiempo en la campaña de un aspirante negro a gobernador del estado, y luego trabajó- ironías de la vida- para el servicio de planificación de la Comisión del Crimen y del Departamento de Justicia. En esos años ya no era tímido, sino alguien encantador, deseado por las mujeres y envidiado por los hombres. Cuando en 1973, Stephanie Brooks volvió a verlo, se quedó realmente sorprendida de cuánto había cambiado, y aceptó casarse con él. Pero esta vez Bundy tenía propósitos bien diferentes. Después de pasar juntos las Navidades de ese año y transcurridos unos meses, Brooks lo llamó malhumorada porque su “marido” hacía semanas que no la llamaba. La respuesta de Bundy fue muy escueta: “No tengo ni idea de lo que me estás hablando”, y colgó el auricular. A los pocos días cometió su primer asesinato.

Una tarde de verano de 1973, después de que hubiera bebido, Bundy vio a una chica caminando por una calle solitaria. La adelantó y la esperó en un recodo, pero ella se metió antes en una casa. Hablando de ello en tercera persona -su modo habitual de revelar cosas sin incriminarse- Bundy anota:

Llegado a este punto, ya no hay control. La situación es novedosa, porque ahora ya no es lo mismo que antes cuando sólo se limitaba a fantasear y a realizar tímidos intentos de llevar a la realidad esas fantasías; nunca había llegado al punto en que se había enfrentado realmente al hecho de dañar de verdad a una persona.

Una noche vio a una mujer preparándose para ir a la cama. Bundy comprobó que la puerta de su casa estaba abierta. Entró, se abalanzó sobre ella, pero huyó cuando empezó a gritar la chica. Quedó tan alterado que dejó de molestar a las chicas durante tres meses, pero en enero de 1974 volvió a entrar en el dormitorio de una chica, y con una barra de metal que había arrancado de la cama de la víctima, le golpeó repetidamente en la cabeza, y luego la introdujo en su vagina. La joven se recuperó después de estar en coma durante una semana.

La próxima vez llevó su fantasía hasta el final. Entró en una casa de estudiantes y probó las puertas hasta que halló una sin cerrar: la de Lynda Ann Healy. La agarró por el cuello y le ordenó que estuviera callada. Entonces la obligó a vestirse, la amordazó y salió con ella de casa. La condujo hasta los montes Taylor, a 20 km de Seattle, allí la asesinó. Fue la primera de las cuatro chicas que serían halladas en la montaña Taylor.

A las cuatro chicas de las montañas Taylor siguieron otros cuatro. El 14 de julio de 1974 engañó, secuestró y mató a dos mujeres que estaban tomando el sol en un lago de Steattle. Fingió estar accidentado -llevaba un brazo en cabestrillo- y pidió ayuda para subir una canoa a la baca de su coche. En esta ocasión llevó a ambas a una casa de unos amigos que estaba vacía, y abuso de la segunda en presencia de la primera. Ambas estaban vivas y fueron conscientes de que luego iban a ser asesinadas.

En septiembre de ese año se trasladó a Salt Lake City, para empezar a estudiar la carrera de derecho por las noches la universidad. Allí tenía la oportunidad de que la policía del estado de Washington se olvidara de él; Salt Lake City está en otro estado, Utah, pero Bundy no solo siguió matando, sino que también fue fiel a su modus operandi. Entre octubre de 1974 y enero de 1975, violó y mató a cuatro chicas más. Y, otra joven -Carol DaRonch- salvó su vida porque tuvo los reflejos de tirarse en marcha del coche de Bundy, cuando éste, fingiendo ser un policía, la llevada presumiblemente a que interpusiera una denuncia por un robo que él decía que había sufrido el coche de la chica. Bundy tuvo la oportunidad de poner una esposa en una de sus muñecas, pero cuando ella había saltado del coche e intentaba seguirla, tuvo que renunciar porque venía otro vehículo hacia donde estaban ellos. Frustrado, ese mismo día secuestró y mató a una chica que asistía a una obra de teatro en un instituto, Debbie Kent.

En agosto de 1975, un policía le siguió y le mandó parar cuando observó que su coche arrancaba y salía muy veloz de donde estaba aparcado, en el registro que llevó acabo del coche de Bundy halló en su maletero varias cosas que parecieron al oficial instrumentos de un ladrón de casas. Ya en la cárcel, la policía de Seattle tuvo conocimiento de que un “Bundy” figuraba como uno de los sospechosos por los crímenes allí cometidos (su nombre estaba en una lista elaborada mediante un programa de ordenador, una de las primeras veces que se hacía esto en la búsqueda de un asesino) había sido apresado en Salt Lake City. Cuando Carol DaRonch, la chica que había sobrevivido al asalto, fue capaz de reconocerle y testificar en su contra, Bundy fue condenado a una pena de “uno a quince años” de prisión.

Fotografía de Ted Bundy junto al contenido del material en su maletero (izquierda) y la palmatoscopia de su mano izquierda (derecha).
Fotografía de Ted Bundy junto al contenido del material en su maletero (izquierda) y la palmatoscopia de su mano izquierda (derecha).

Cuando Bundy fue llevado a la cárcel de Aspen, en Colorado, porque se lo había relacionado con otro crimen que cometió allí, aprovecho la oportunidad de que dispuso en un receso de su juicio para saltar dos pisos y correr hace un bosque cercano. Sólo estuvo libre unas horas. Meses después volvería a escapar, con peores consecuencias, Bundy se dirigió hasta Tallase, en Florida, alquiló una habitación en un hostal de estudiantes, y se dedicó, sin límite alguno, a saciar su deseo de sexo y muerte. Además, el meticuloso asesino estaba en malas condiciones físicas y psicológicas; como consecuencia de ello, su modus operandi se había deteriorado notablemente. Allí cometió los terribles hechos de la residencia de estudiantes para chicas CHI-OMEGA.

En la noche del 15 de enero de 1978, entró en la residencia de jóvenes y atacó a cuatro chicas en rápida sucesión ayudándose con una barra de madera. Durante dos años Bundy había estado privado de libertad, y su deseo sexual violento le urgía como nunca. Hubo cuatro víctimas; dos resultaron muertas, y las otras dos gravemente heridas. Una chica fue hallada con su cerebro abierto, debido a un golpe terrible que le había abierto la frente. A la otra joven la había sodomizado con un bote de laca. La evidencia muestra que en el momento de su muerte, Bundy le había dado un mordisco terrible en su pezón derecho, llegando casi a arrancarlo. Luego, giró el cuerpo y hundió sus dientes dos veces en su nalga izquierda, dejando una herida con la marca precisa de aquellos. Las otras dos que sobrevivieron tuvieron graves secuelas después de recuperarse de la agresión.

Una hora y media después, Bundy penetra en otro hostal de estudiantes y ataca a una chica que estaba durmiendo. Sobrevive porque una amiga oye ruidos en la habitación y llama a la policía, pero ella queda sorda de un oído. No hubo agresión sexual, pero hay restos de semen en la ropa de la cama.

Un mes más tarde, el 9 de febrero de 1978, secuestra y mata a su última víctima, Kimberley Learch, en Orlando, una niña de doce años. Su cuerpo fue encontrado dos meses más tarde. Para aquel entonces Bundy ya había sido capturado, de nuevo por conducir de forma improcedente.

En su juicio en Florida Bundy mantuvo su inocencia, insistiendo que todo era pura coincidencia. Sin embargo, el mordisco que dejó en una de las víctimas de la residencia Chi-Omega le condenó. Los forenses dijeron que sus dientes eran, sin duda alguna, los que habían producido esas señales.

Ted Bundy autodefendiendose en su juicio.
Ted Bundy autodefendiendose en su juicio.

 

Bundy, en el juicio, quiso llevar su propia defensa y rechazó llegar a un acuerdo con el fiscal, lo que le hubiera salvado la vida. Finalmente fue condenado a muerte por los crímenes de la residencia Chi-Omega y de Kimberley Learch. No se pudo probar ninguno de los otros asesinatos.

Bundy fue ejecutado el 24 de enero de 1989 en Florida; al final de sus días intentó conseguir un poco de tiempo mientras daba a las autoridades información acerca de los crímenes no resueltos que estaban en su haber, pero no funcionó esa estrategia.

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Mercedes Martínez-Núñez de Arias
Criminóloga, directora de seguridad experta en Puertos, Aeropuertos y Scanner. Enamorada de la lectura y la historia.

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