¿Cómo murió realmente el “Barón Rojo”?

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Sin duda, la conclusión a la que he llegado tras tantos años de lectura, aprendizaje e investigación en cuanto a Historia se refiere, es que el ser humano, a veces, pretende ser inmortal en las páginas de los libros de Historia de forma voluntaria, a toda costa, mientras que, en otras tantas, lo logra de forma involuntaria.
Manfred Albrecht Freiherr von Richthofen, el “Barón Rojo”, también bautizado como el “Diablo Rojo” por muchos de sus enemigos.

¿Por qué “Barón”?

La respuesta es sencilla. Manfred procedía de cuna noble. Concretamente nació en Breslau (antiguo Imperio alemán), hoy llamada Wroclaw, Polonia, un 2 de Mayo de 1892. Es más, si el lector ha reparado bien en su nombre y apellidos, figura la palabra “Freiherr”, que del alemán se traduce por “Barón”.
Imagen de un joven Manfred von Richthofen.

¿Por qué “Rojo”?

Responderé con otra pregunta. ¿Quién no ha visto alguna ilustración de su mítico Albatros biplano o su Fokker triplano totalmente pintado de rojo? Así es. Entre otras muchas especulaciones, se sabe que Manfred decidió decorar su avión con una capa de pintura roja bien brillante. Unos aseguran que pretendía infundir pánico en sus adversarios. Otros sostienen que el vistoso color era su marca particular, con la que pretendía diferenciarse de otros camaradas aviadores de la Fuerza Aérea alemana y así hacerse notar, comunicar al enemigo que allí estaba él, uno de los mejores pilotos de caza de la Primera Guerra Mundial y que no temía enfrentarse a nadie.

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Resulta evidente que el protagonista de la entrega de esta semana de “Curiosidades bélicas” es una auténtica leyenda que tiene un puesto de honor reservado en la Historia. Nadie a día de hoy discute su pericia a los mandos de aquellos endebles aviones que surcaron los cielos de Europa durante una de las mayores confrontaciones bélicas que ha padecido la Humanidad.

Manfred, desde joven, al igual que su hermano pequeño Lothar, decidió seguir los pasos de su padre, un notable terrateniente quien llegó a formar parte de las altas esferas de un mítico regimiento de caballería prusiana: los Ulanos. Ambos, Manfred y Lothar, se alistaron en el ejército del káiser Wilhelm II, y también lo hicieron en la caballería; como era de esperar, incluso mucho antes de que estallase la Primera Guerra Mundial.

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Desde bien jóvenes fueron aficionados a la caza, pero ninguno de los hermanos parecía asemejarse al otro, salvo en su desarrollado instinto depredador que latía con fuerza en sus corazones. Uno de ellos, Lothar, no dudaba en apretar el gatillo de su arma a las primeras de cambio, como guiado por un acto reflejo que brotaba de su interior. Él era así, el “tirador”, quien disparaba sin pestañear y asumía las consecuencias de sus actos después… Si es que alguna vez lo hacía dado su frío temperamento.

En el extremo opuesto se encontraba Manfred, el “cazador”, más comedido y prudente. Gustaba acechar a la presa, observarla desde la distancia, furtivo, disfrutar de esa superioridad de quien se sabe con la victoria en la mano pero no actúa hasta el último instante. Todo por sentir el fuego de la adrenalina en sus venas durante el mayor tiempo posible.

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Manfred y Lothar.

Verano de 1914.

Estalló la Gran Guerra. Un conflicto armado que asoló Europa desde el verano de 1914 hasta el invierno de 1918. Largos años de miseria, destrucción y padecimiento para millones de militares y civiles de todas las nacionalidades que tomaron parte en la brutal contienda.

Los hermanos Richthofen comenzaron su andadura bélica en la caballería, su destino desde hacía años en las tropas al servicio del káiser. Dado que la misma se presentaba como un arma anticuada para esta guerra moderna, no tardaron en trasladarse a otra rama del Ejército donde poder prestar sus servicios de forma más efectiva. El propio Manfred consideraba como “aburrida” la vida en las trincheras. Y, en cierta medida, no andaba desencaminado. Al fin y al cabo, la guerra en las trincheras resultaba monótona; miles de hombres que atacaban y esperaban ser atacados día tras día. Por no hablar de las condiciones inhumanas en las que se desarrollaba la carnicería. ¿Afirmó aquellas palabras con cierto aire cínico? ¿Lo hizo con sarcasmo? ¿Tal vez lo hizo con ironía? Lo cierto es que las trincheras no iban con él, ni mucho menos con su hermano.

Tal es así que Manfred y Lothar consiguieron sendos destinos en la Luftstreitkräfte, la aviación alemana. La flamante rama del Ejército les fascinaba, parecía hecha a medida para ellos. Eran jóvenes, bien posicionados en el Ejército y con ganas de acción a más no poder. Además, con su sexto sentido para la caza… ¿Quién no hubiese hecho lo mismo en su lugar? Pero aquel reclamo tan prometedor terminó en desgracia para cientos de jóvenes deseosos de experimentar nuevas sensaciones y correr aventuras insuperables a lomos de los cada vez más modernos y mejor desarrollados aviones de caza.

Cuando los hermanos Richthofen se subieron por primera vez a un avión de caza, otros pilotos ya eran auténticos héroes nacionales, mucho más experimentados que ellos y curtidos en decenas de batallas; como fue el caso de Max Immelmann u Oswald Boelcke.

Oswald Boelcke.
Centrémonos en Manfred, nuestro protagonista. Si bien durante su periodo de instrucción no parecía demasiado prometedor (no fue uno de los alumnos más destacados de su promoción), el transcurso de la guerra y su participación en la misma comenzaron a esbozar la leyenda del “Barón Rojo”. Sus inicios en la aviación se limitaron a labores de observación y fotografía. Algo que, según el propio Manfred, no iba tampoco con él, ya que lo que realmente perseguía era imitar esas aventuras y hazañas logradas por sus grandes ídolos, entre ellos el propio Boelcke, merecido portador de la “Pour le Mérite” (sin entrar en mayores detalles, citar que fue la máxima condecoración otorgada por Alemania durante la Primera Guerra Mundial).
Pour le Mérite. 

Para que se haga una idea el lector, allá por 1916, Manfred debió quedarse totalmente perplejo el día en que Boelcke le reclamó para su Jagdsstaffel Nº2 (Jasta – Escuadrón de Caza); era un auténtico novato, pero el ojo experto de Boelcke no se equivocaba, había distinguido con gran anticipación a un excelente piloto para las filas de su Jasta. Por aquel entonces, su mentor, Boelcke, ya había derribado numerosos aeroplanos enemigos, un número de “victorias” que se vio incrementado hasta las 40, poco antes de hallar la muerte en un trágico accidente aéreo a finales de Octubre de 1916.

Manfred no perdió el tiempo en las escasas semanas que compartió con su idolatrado Oswald. Tal es así que, en su primer combate, a las 11:00h. (recuerde esta hora el lector) del 17 de septiembre de 1916 derribó su primer avión enemigo sobre suelo francés. Ese día comenzó a forjarse el mito, la leyenda del “Barón Rojo”. Pero hay que recordar que, en ese breve intervalo, Richthofen dejó patente a ojos de su tutor las grandes cualidades que le definieron como uno de los mejores aviadores de la Gran Guerra: astucia, agudeza visual, gran capacidad de gestión de las situaciones de peligro y, ante todo, paciencia y prudencia durante los combates aéreos.

1917.

Con la todavía reciente muerte de Boelcke presente en sus pensamientos, Manfred no tardó en revelarse como un gran piloto de caza. Tal es así que a comienzos de año ya había obtenido su ansiada “Pour le Mérite” e incluso se le había concedido el mando de la Jasta 11 y más adelante comandaría la Jagdgeschwader Nº1 (Ala de Caza 1, que comprendía varias Jastas: la 4, 6, 10 y 11). Dice mucho a su favor como líder que en tan poco espacio de tiempo llegase tan alto en el escalafón del arma aérea alemana. Incluso llegó a derribar veinte aviones enemigos en el mes de Abril de 1917… ¡Veinte! ¡Toda una proeza en aquella época! Boelcke no se había equivocado en su elección.

Jagdgeschwader Nº1 con Manfred von Richthofen en el centro. 
Su meteórica progresión como líder y piloto se vio frenada en seco cuando el 6 de Julio de 1917 resultó herido en combate. Una bala furtiva impactó en su cabeza. El estado del “Barón Rojo” revestía gravedad. En ese preciso instante, como un ángel despojado de sus alas, la leyenda viviente de la Luftstreitkräfte germana comenzó a caer en picado en un declive personal que le arrastró hacia un trágico final.
Kate Otersdorf, su enfermera. 

Comenzó una peregrinación por varios hospitales. En uno de ellos conoció a Kate Otersdorf, la enfermera que le cuidó hasta que el noble piloto decidió regresar a los sangrientos cielos europeos. También realizó alguna que otra visita a la mansión familiar para encontrar, quién sabe, la conexión sentimental que buscaba con su padre, figura autoritaria, modelo a seguir y en el que inspirarse para proseguir sus hazañas bélicas.

Hoy en día se sabe que Manfred reposó menos de lo recomendado dada la seriedad de su herida en el cráneo. Pero no despreció su tiempo; llegó a escribir su propia biografía (disponible en multiplicidad de idiomas). También esbozó una especie de manual de combate aéreo, inspirado en los mandamientos de Boelcke, quien dejó un legado imprescindible en la materia que, a fecha actual, aún se sigue respetando en las refriegas entre cazas de combate.

Richthofen convaleciente.
 Regresó al frente, acompañado en su Jasta por su hermano Lothar, quien competía con él en “victorias”, pero también en heridas (el menor de los Richthofen fue herido en varias ocasiones a lo largo de la guerra; de no haber sido así, tal vez hubiese llegado a ser el piloto de caza más eficiente de toda Alemania si se tiene en cuenta las misiones de combate llevadas a término y los derribos conseguidos durante las mismas). Ambos parecían disputarse de forma continuada la aprobación paterna, como si buscasen conseguir un puesto privilegiado en el corazón de su progenitor.

Pero la guerra continuó su curso…

Llegó el año 1918 y con él un día aciago: el 21 de abril de 1918. Amaneció con un manto de niebla a modo de alfombra en el aeródromo donde se hallaba destinado Richthofen. Por fortuna, poco después quedó despejado y la climatología permitió que los pilotos trepasen a sus respectivos aviones para emprender nuevas misiones en la fase final de la Gran Guerra.

Manfred no parecía el mismo hombre aquella mañana. Tampoco durante los meses que siguieron al día en que sufrió la herida de bala en la cabeza. Desde entonces había lucido una imagen muy distinta a la que tenía acostumbraos a sus camaradas del aire. Su personalidad, sin duda, había cambiado desde el verano del año anterior. Hay quien asegura que su comportamiento a los mandos de su avión ya no era el mismo que logró encumbrarle a lo más alto de los ases de la aviación alemana y, por supuesto, mundial. Incluso sus compañeros le tildaban de “raro”, “extraño”, “suicida”, entre otros calificativos.

El mayor de los Richthofen siempre se había caracterizado por su prudencia en el aire, tal como aconsejaba Boelcke.

Sabemos que era paciente hasta el extremo y que jamás entablaba combate si no tenía todas las de ganar. También era de los que no dudaba en abandonar el campo de batalla aéreo si las probabilidades de éxito se tornaban en su contra. Aquellas sabias decisiones le habían mantenido con vida hasta entonces; no se sabe si por cuestión de azar, o tal vez porque pilotaba su aeroplano de una forma mecánica e instintiva. El caso es que su suerte le abandonó para siempre aquella mañana.

Hasta este punto, toda la información ha sido contrastada y corroborada cientos de veces, pero a partir de ahora es cuando las versiones de lo sucedido distan mucho unas respecto a otras. Oscilan entre la fantasía y la realidad a partes iguales. Es ahora cuando entra en juego el hombre, Manfred von Richthofen, y la leyenda, el “Barón Rojo”.

El “Barón Rojo” frente a su mítico Albatros, aparato con el que consiguió la mayoría de sus “victorias”.

Aquella jornada, con el viento soplando de frente, algo inusual en aquel sector donde estaba destinado, el piloto germano ascendió a los cielos una vez más, a la cabeza de su unidad, con autoridad, seguido como por inercia por todos sus hombres. Entre sus subordinados se encontraba su primo, entonces un joven Wolfram von Richthofen (cuyo nombre también ha quedado reflejado en las páginas de la Historia tras su participación en ambas contiendas mundiales y en la guerra civil española). Wolfram era un novato, su primera acción de combate en un caza requería prudencia extrema, por lo que se le ordenó permanecer a una altura elevada y no participar en las previsibles refriegas salvo en caso extremo.

Manfred no tardó en divisar un par de aeronaves enemigas que realizaban labores de reconocimiento en el bosque de Le Hamel (Francia) en una situación que le resultaba favorable para iniciar el combate.

10:40h.

Manfred y otro piloto, ambos con sus respectivos Fokker DR1, se descolgaron de la formación de cazas alemanes para picar sobre los aviones RE.8 pilotados por personal de vuelo del Cuerpo Aéreo Australiano. Realizaron una pasada e intercambiaron disparos sin resultados reseñables, apenas unos impactos sin importancia en los aparatos de germanos y australianos. Poco después, conscientes de su inferioridad, los aviones australianos deciden abandonar el campo de batalla y ponen rumbo hacia un banco de nubes. Consiguen zafarse en el último momento. Justo entonces aparece en escena el as canadiense Roy Brown, comandante del escuadrón 209º británico.

Un enjambre de aviones modelo Albatros y Fokker de la Jasta 11, apoyados por otros tantos de la Jasta 5, entablan combate con el escuadrón de Brown, donde otro novato, el teniente canadiense May, que había recibido idénticas instrucciones a las de Wolfram ya que aquel día participaba en su tercera misión. May debió pensar que todo aquello debía ser una mala jugada del destino.

Justo entonces, Wolfram decide actuar por iniciativa propia y ataca a un aeroplano que considera vulnerable, el del teniente May. Entre el ataque de uno y la maniobra evasiva del otro, ambos terminaron metidos de lleno en la “pelea de perros” que, instantes atrás, observaban desde una altura superior. Lo que parecía ser la primera víctima de Wolfram se le  acababa de esfumarse entre las manos. En medio de aquel caos, May optó por la solución menos prudente y lógica en un combate aéreo: picó hacia abajo con la intención de alejarse de allí lo antes posible en línea recta. Error de novato que no pasó desapercibido a ojos de Richthofen, quien paladeaba su inminente “victoria” número 81.

Error fatal de este último.

Triplano Fokker DR1. 

10:58h.

Justo en ese momento, Brown se percató de las dificultades en las que se encontra su camarada. No dudó en asistir al que, perseguido por el Fokker DR1 rojo de Richthofen, parecía un serio aspirante a la tumba. Brown se situó en la cola del avión germano, que volaba demasiado tiempo en la misma dirección, y abrió fuego sin pensárselo dos veces. El aeroplano del “Barón Rojo” pareció sacudirse durante unos instantes; pero al poco tiempo recobró la compostura y siguió volando con naturalidad durante medio minuto más. Un tiempo precioso en el que, según testigos oculares, solamente quedaban en el cielo dos aviones: el de Richthofen y el de May. Brown, consciente de que perseguir a la misma presa durante más tiempo del debido conlleva serios problemas, se retiró del lugar pensando que había asestado un golpe letal al Fokker.
Pero al “Barón Rojo” aún le restaban 90 segundos de vida.

Misterioso dilema.

Al mismo tiempo, en tierra, cientos de armas apuntaban al cielo. La infantería australiana, alertada por el rugido de los motores, disparó rifles y ametralladoras contra el avión rojo que tan serios problemas brindaba al del teniente May. Ambos aparatos volaban bajo, demasiado, casi rozaban las copas de los árboles. Otro error fatal.

Tal vez desorientado por no reconocer algún elemento del paisaje, tal vez despreciando el peligro que le acechaba o tal vez absorto en su tarea homicida, el caso es que Richthofen acababa de rebasar las líneas enemigas y, a baja altura, enjambres de balas asesinas empezaron a arropar su último vuelo sobre los cielos de Europa.

Los segundos finales de vida de Richthofen siguen suscitando interés y debate. Resulta más que evidente que se coló en una trampa mortal. Con el viento en contra, por lo tanto a una velocidad más lenta de lo previsto, el “Barón Rojo” sobrevoló un pequeño promontorio que destacaba sobre la llanura, sector donde varias ametralladoras hacían las veces de armas antiaéreas. Tres operadores de ametralladora, el sargento Popkin y los artilleros Buie y Evans, vigilaban el sector con ojo de águila.

Richthofen seguía a May de cerca, quien volaba en zigzag sobre los árboles para tratar de zafarse de su amenaza escarlata. Ambos lo hacían a unos 90 km/h. Velocidad demasiado reducida debido al viento desfavorable.
Desde un promontorio, Popkin adviertió la novedad y abrió fuego a lo lejos, imitando con sus ráfagas el recorrido que seguían ambos pilotos. El alemán pasó de largo y continuó con la persecución.

Es entonces cuando, emplazado justo enfrente, Buie disparó su ametralladora. Richthofen pareció advertir el serio peligro (sobrevuela terreno enemigo, el viento es desfavorable y se halla a baja altura) e hizo algo impensable: giro ciento ochenta grados con su aparato con la intención de regresar a sus líneas; pero lo hizo a baja altura. Buie pareció errar el blanco, por lo que, no muy lejos, Evans decidió entrar en acción. El “Barón Rojo” rodeó su posición, logrando así esquivar la muerte por milímetros. Es entonces, justo cuando el morro del Fokker DR1 apuntaba hacia las líneas alemanas, que la tragedia se cernió sobre el joven piloto alemán.

Popkin, por segunda vez, disparó su arma. Esta vez desde mucho más lejos, con el flanco derecho del aparato totalmente expuesto a ojos del infante australiano. Parece que la suerte le acompañó tras apretar el gatillo. El avión rojo efectuó un movimiento extraño. Su motor enmudeció. Giró hacia la izquierda, con relativa suavidad y, como una hoja que se desprende de un árbol en otoño, comenzó un descenso que le llevó hacia un campo de remolachas próximo a la población francesa de Vaux-sur-Somme; no muy lejos de la posición defendida por Popkin, a medio kilómetro aproximadamente.

Allí se estrelló, no con violencia excesiva, sino más bien como mecido por el viento, ahora de cola, que pareció intentar devolverlo a sus líneas para encontrar el descanso eterno. Mas no fue así. Manfred von Richthofen, el “Barón Rojo”, se desplomó sobre los mandos de su Fokker DR1 para siempre.

Restos del Fokker DR1 de Richthofen.

Madrugada del 20 al 21 de Abril de 1918.

No tardó en producirse la rapiña entre los vestigios del avión y las propias pertenencias del piloto alemán. Todo aquel que pudo se llevó un recuerdo del famoso Fokker y su piloto, cuya leyenda comenzó a grabarse en la Historia desde las 11:00h. del día anterior. Coincidencia o no, su primera “victoria” y su muerte se produjeron a la misma hora.

También hubo agitada polémica por dilucidar quién fue el que derribó al “Barón Rojo”. Unos y otros se querían hacer con el “trofeo” humano. Aquel “trofeo” de carne y hueso, el cuerpo magullado de un aviador de 25 años, delgado, rubio y de piel blanquecina, cuyos restos mortales se apresuraron a estudiar cuatro oficiales médicos británicos.

La autopsia del cadáver, no muy exhaustiva, se hizo de modo poco exhaustivo, por parejas, en las instalaciones del Cuerpo Aéreo Australiano en Poulanville; labor que no fue aceptada de muy buen grado por los facultativos, dado que hombres heridos que goteaban del frente precisaban de su ayuda en aquellos mismos instantes.

Restos mortales de Manfred von Richthofen. 

Los análisis del cuerpo revelaron los numerosos hematomas que presentaba el cuerpo sin vida de Richthofen, fruto del golpe una vez el avión se estrelló contra el suelo. También apreciaron un orificio de entrada en la región de la axila derecha y otro de salida, de mayor tamaño, en el pectoral izquierdo, un poco por encima respecto al primero.

Por lo tanto, quedó patente desde el primer instante que una bala había atravesado el cuerpo de derecha a izquierda y de abajo hacia arriba. En su trayectoria el proyectil, del calibre .303 (similar en todas las armas que dispararon aquel día las fuerzas de la Commonwealth, las ametralladoras y rifles australianos, además de las balas disparadas desde el avión de Brown, un canadiense subido a lomos de un Sopwith Camel inglés) causó terribles destrozos en el interior de la caja torácica del héroe alemán caído en desgracia. Varios órganos vitales resultaron dañados, entre ellos el corazón, hígado y pulmones.

Historiadores y forenses, en sus opiniones arrojadas a lo largo de décadas, han declarado que Richthofen, tras sufrir el disparo, estabilizó el Fokker, apagó el motor (al igual que hizo en ocasiones anteriores de modo instintivo cuando se vio en peligro para evitar que se incendiase) e intentó hacer un aterrizaje de emergencia.

¿Llegó vivo al suelo?

Tal vez sí; no hubiese resultado extraño. Muchos otros pilotos, con heridas de gravedad, habían logrado con anterioridad regresar a sus aeródromos y salvar la vida in extremis. Pero Richthofen no tuvo semejante suerte aquella mañana de Abril. La existencia del “Barón Rojo” se difuminó en cuestión de un minuto, envuelto por el aroma a gasolina y pólvora, con el rostro destrozado tras golpearse contra los mandos del aeroplano.

Entierro con todos los honores del “Barón Rojo”, ya convertido en leyenda, brindado por tropas australianas.

Por tanto… ¿Quién efectuó el “disparo de oro”?

Numerosos han sido los libros y estudios se han publicado acerca de esta cuestión. Incluso algún documental ha expuesto de un modo muy acertado lo que fueron los últimos instantes de vida del “Barón Rojo”.

Pero lo que está claro es que, con más de un millar de armas apuntando y disparando al Fokker DR1 del piloto alemán, que con gran temeridad sobrevoló las posiciones enemigas en su ocaso vital, uno de aquellos proyectiles puso fin a su paso por este mundo, en el que, sin duda, ha dejado huella eterna.

Muchos apuntan a Popkin como el autor material de la muerte de Richthofen, dadas las circunstancias del terreno, el arma empleada, su cadencia de tiro y la experiencia del tirador. Es una teoría que me encaja bastante por lo anteriormente expuesto acerca del flanco ofrecido de lleno a la posición que defendía el australiano. Pero también Evans disparó largas ráfagas contra el avión Rojo, horadado en varios puntos de su estructura al estrellarse.

¿Quién de todos aquellos privilegiados testigos de primera fila fue el que acertó al “Barón Rojo”?

No seré yo quien se pronuncie. Solamente me remitiré a las palabras del ametrallador australiano Popkin: “Creo que se trata de una cuestión que jamás se resolverá”.

Y creo que no le faltaba razón.

Manfred junto a su perro “Moritz”.

En medio de aquel enjambre de balas anónimas, ni siquiera el aguerrido “Barón Rojo” fue capaz de esquivar la muerte.

Una bala llevaba escrito su nombre, pero en ella no figuraba el remitente.

Ⓟ y Ⓒ Daniel Ortega del Pozo

Si quieres conocer más información sobre la vida y muerte del Barón Rojo escucha a Daniel Ortega en su intervención para el programa Informe Enigma, de Jorge Ríos:

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Daniel Ortega del Pozo
Daniel Ortega del Pozo. Licenciado en Ciencias del Trabajo, auditor y docente de profesión, es un apasionado de la Historia y estudioso de los conflictos bélicos que salpican la existencia del ser humano. Escritor, investigador y divulgador histórico, cuenta con varias obras literarias publicadas acerca de la Segunda Guerra Mundial, actividad que compatibiliza con su blog "Curiosidades bélicas" donde hace llegar a los lectores, de un modo original y ameno, aspectos poco tratados o desconocidos de las dos guerras mundiales del siglo XX. Web: https://danielortegaescritor.com Contacto: info@danielortegaescritor.com

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